viernes, 3 de febrero de 2012

John Wycliffe (1330-1384)

(Traductor de la Biblia) El servicio más alto al cual un hombre puede obtener en esta tierra es el de predicar la Ley de Dios (Diez Mandamientos).

John Huss (1370-1415)

Él dijo: «Mi Señor Jesucristo, por mi causa, llevó una corona de espinas. ¿Por qué no debería yo, entonces, llevar esta ligera corona, por ignominiosa que sea? En verdad que la llevaré, y de buena gana. Cuando se la pusieron en su cabeza, el obispo le dijo: «Ahora encomendamos tu alma al demonio.» «¡Pero yo,» dijo Juan Huss, levantando sus ojos al cielo, «la encomiendo en tus manos, oh Señor Jesucristo! Mi espíritu que Tú has redimido.» Cuando lo ataron a la estaca con la cadena, dijo, con rostro sonriente: «Mi Señor Jesús fue atado con una cadena más dura que ésta por mi causa; ¿por qué debería avergonzarme de ésta tan oxidada?» Cuando le apilaron la leña hasta el cuello, el duque de Baviera estuvo muy solícito con él deseándole que se retractara. «No,» le dijo Huss, «nunca he predicado ninguna doctrina con malas tendencias, y lo que he enseñado con mis labios lo sellaré ahora con mi sangre.»

Martín Lutero (1483-1546)

Satanás, el dios de toda disensión, despierta diariamente nuevas sectas. Y por último—la que, de todas las demás, nunca habría previsto ni sospechado—él ha levantado una secta tal que enseña que los hombres no deben ser aterrorizados por la Ley (Diez Mandamientos), sino exhortados suavemente por la predicación de la gracia de Cristo. El primer deber del predicador del Evangelio es el de declarar la Ley de Dios para mostrar la naturaleza del pecado.

John Wesley (1703-1791)

Es el método ordinario del Espíritu de Dios el de convencer a los pecadores por la Ley (Diez Mandamientos). Es la Ley, puesta al lado de la conciencia, que generalmente quiebra las piedras en pedazos. Es más especialmente esta parte de la Palabra de Dios que es viva y eficaz, llena de vida y energía y más cortante que cualquier espada de dos filos. Antes de que yo pueda predicar el amor, la misericordia y la gracia, tengo que predicar el pecado, la Ley y el juicio. [Dijo lo siguiente instruyendo a un joven predicador.] Predique el 90% ley y el 10% gracia.

John Newton (1725-1807)

[Newton escribió el famoso himno “Sublime gracia”.] La ignorancia de la naturaleza y del diseño de la Ley (Diez Mandamientos) es al fondo de la mayoría de los errores religiosos.

Charles Spurgeon (1834-1892)

Yo no creo que un hombre puede predicar el evangelio sin predicar la Ley (Diez Mandamientos). Baja la ley y usted amortigua la luz por la cual el hombre percibe su culpabilidad; esto es una pérdida muy seria para el pecador, que más bien una ganancia para él; porque reduce la probabilidad de su convicción y conversión. Yo digo que usted le ha despojado al evangelio de su más potente auxiliar (su ayuda / arma más poderosa) cuando deja a un lado la Ley. Le ha quitado el ayo que debe llevar a los hombres a Cristo... Ellos nunca aceptarán la gracia hasta que tiemblen ante una Ley justa y santa. Por lo tanto, la Ley tiene un propósito de suma importancia, y nunca debe ser quitada de su lugar. Ellos tienen que ser muertos por la Ley antes de que puedan ser vivificados por el evangelio.

Dr. Martin Lloyd-Jones (1899-1981)

Un evangelio que meramente dice, “Venga a Cristo”, y Lo ofrece como un Amigo, y ofrece una vida nueva y maravillosa, sin convencer del pecado, no es el evangelismo del Nuevo Testamento. La esencia del evangelismo es empezar predicando la Ley (Diez Mandamientos); y la razón por la cual tenemos tanto evangelismo superficial es que no se ha predicado la Ley. El verdadero evangelismo... siempre tiene que empezar con la predicación de la Ley. El problema con las personas que no están buscando a un Salvador y la salvación, es que no entienden la naturaleza del pecado. Es la función peculiar de la Ley, la de crear tal entendimiento en la mente y en la conciencia del hombre. Es por esto que los grandes predicadores evangelistas de hace 300 años durante el tiempo de los puritanos, y hace 200 años durante el tiempo de Whitefield y otros, siempre se dedicaban primero en lo que ellos llamaban “el trabajo preliminar de la Ley”.

Leonard Ravenhill (1907–1994)

¿Le podrias recordar al pueblo de la benignidad acerca de la severidad de Dios? Cuando veo la Iglesia del nuevo testamento, ellos no tenian edificios imponentes, ellos no tenian evangelistas pagados, ellos no tenian mucho dinero, ellos no tenian organizaciones, no pedian ir a la TV a mendigar, pero les digo lo que ellos hicieron, ¡ellos pusieron al mundo de cabeza! ¿Por que no hay suficiente alegria en la casa de Dios? ¿Necesitamos entretenimiento? Pues les digo que el entretenimiento es el substituto diabolico del gozo.

David Wilkerson (1931–2011)

Este "evangelio" dice: apenas crea y sera salvo, no hay arrepentimiento, nada de pesar, sin renunciar al pecado, nada de llevar la cruz y seguir a Cristo, pero las personas hacen una pequeña oración y dicen: usted esta bien usted es bueno, este "evangelio de amor" solo alcanza a la carne, dejeme decirle algo ¡un evangelio diluido no es un evangelio en lo absoluto!

Martín Lutero (1953) Película Completa

William Tyndale - El Proscrito de Dios - Película Completa

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La Predestinación

Por Loraine Boettner (Al español por Manuel Gómez) Etiquetas: , 
Traducido por: Manuel E. Gómez

Es Dios responsable por la maldad?

¿Si Dios es soberano, es responsable por la maldad?



No, La Escritura dice que cuando Dios terminó Su creación, vio todo y lo declaró “bueno” (Gen. 1:31). Muchas Escrituras afirman que Dios no es el autor de la maldad: -Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie- (Stg. 1:13). -Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él- (1 Juan 1:5). -Pues Dios no es Dios de confusión- (1 Corintios 14:33) – y si eso es verdad, en ninguna manera es el autor de la maldad.
Ocasionalmente alguien cita Isaías 45:7 y clama que prueba que Dios hizo la maldad como parte de Su creación: -Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto- (énfasis agregado).
Pero la Biblia de las Américas da más claridad a Isaías 45:6-7: -Yo soy el Señor, y no hay otro; el que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades, yo soy el Señor, el que hace todo esto.- En otras palabras, Dios crea la calamidad como juicio sobre los malos. Pero en ningún sentido es el autor de la maldad.
La maldad se origina no de Dios sino en la criatura caída. Yo estoy de acuerdo con John Calvin, quien escribió, 
…el Señor ha declarado que -todo lo que había hecho…era bueno en gran manera- (Gen. 1:31). ¿Entonces, de donde viene esta maldad al hombre, que se aparta de su Dios? A menos que pensemos que venga de la creación, Dios ya había puesto su sello de aprobación sobre lo que Él mismo había creado. Por su propia intención mala, entonces, el hombre corrompió la naturaleza pura que había recibido del Señor; y por su caída trajo toda su posteridad con él hacia la destrucción. En consecuencia, debemos contemplar la causa evidente de la condenación en la naturaleza corrupta de la humanidad – que es más cerca de nosotros – en vez de buscar una causa escondida y totalmente incomprensible en la predestinación de Dios. (Institutes [Institutos], 3:23:8)
Es de ayuda, yo creo, entender que el pecado no es una cosa creada. El pecado no es una sustancia, un ser, un espíritu, ni una materia. Entonces es técnicamente inapropiado pensar en el pecado como algo creado. El pecado es simplemente una falta de perfección moral en la criatura caída. Las mismas criaturas caídas cargan la completa responsabilidad por su pecado. Y toda maldad en el universo procede de los pecados de las criaturas caídas.
Por ejemplo, Romanos 5:12 dice que la muerte entró al mundo por el pecado. La muerte, dolor, enfermedad, estrés, agotamiento, calamidad, y todas las cosas malas que pasan vienen como resultado de la entrada del pecado en el universo (vea Génesis 3:14-24). Todos esos efectos malos del pecado continúan a obrar en el mundo y estarán con nosotros tanto exista el pecado.
Primera Corintios 10:13 nos promete que Dios no permitirá una prueba más grande de lo que podemos soportar. Y Santiago 1:13 nos dice que Dios no nos tentará con la maldad.
Dios ciertamente es soberano sobre la maldad. Hay un sentido en el cual es apropiado aun decir que la maldad es parte de Su decreto eterno. Él lo planeó. No le tomo por sorpresa. No es una interrupción a Su plan eterno. Él declaró el fin desde el principio, y sigue obrando todas las cosas para Su buen gusto (Isaías 46:9-10). 
Pero el papel de Dios referente a la maldad es nunca como su autor. Simplemente permite que obren agentes de maldad, y después anula la maldad para Sus propios fines sabios y santos. Últimamente Él tiene la habilidad de hacer que todas las cosas – incluyendo los frutos de toda la maldad de todo el tiempo – obren para el mejor bien (Romanos 8:28).

La Catastrofe de Corinto

La Ignorancia Espiritual: La Catástrofe de Corintio.

by Juan Alberto Florez

Es totalmente sorprendente la gran similitud entre los movimientos carismáticos actuales y la iglesia de corintio, además de todos los movimientos históricos que hicieron gran énfasis en los dones y manifestaciones seudo espirituales.
La historia de los grupos carismáticos actuales tiene su génesis en la iglesia de corintio, a la cual el apóstol Pablo tuvo que reprender duramente por su frenesí y locura espiritual. Mucho de lo que se llama hoy “manifestaciones del espíritu”, no son mas que los mismos éxtasis de arrebato fuera de control que combatió el apóstol pablo, estas manifestaciones llevaron a la destrucción a la iglesia de corintio. El éxtasis pagano se introdujo en corintio produciendo una falsificación de los dones espirituales, hoy por hoy podemos ver en muchas de las manifestaciones elementos que escapan de todo análisis bíblico, tiene más raíz en lo pagano, místico, ocultista y espiritista.
¿Cual es la similitud de la catástrofe de corintio y el movimiento carismático actual?
Cuando Pablo entró en Corinto, entró en una de las ciudades más conocidas del mundo de aquellos días. Corinto era un centro comercial, religioso cultural y también de vicio, una ciudad que representa en miniatura la civilización de la que nosotros formamos parte ahora.
Se ha dicho que las cartas a los corintios son los libros del N.T., más apropiados para la segunda mitad del siglo XX. Jamás se escribieron palabras más acertadas.
Pero no sólo la ciudad guardaba una semejanza trágica con nuestra civilización; también la iglesia de Corinto reflejaba lo que hoy caracteriza a una gran parte de la cristiandad. Jesús dijo que la iglesia debía ser “sal” y “luz” en este mundo. La sal que impide el proceso de la corrupción y la luz que disipa las tinieblas.
Mateo 5:13-16
13 “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.”
14 “Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no puede ser escondida.”
15 “Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cajón, sino sobre el candelero; y así alumbra a todos los que están en la casa.”
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”
El Señor continuó diciendo que cuando la sal pierde su sabor no sirve para nada y la luz escondida debajo de un almud no impide la oscuridad. La iglesia de Corinto, en vez de refrenar el mal, se veía contaminada por él. Lejos de dar luz, estaba en oscuridad. Corinto afectaba a la iglesia local. ¡Pero Dios quería que la iglesia hiciese mella en la ciudad!.
Pablo llegó a Corinto aproximadamente cien años después de que Julio Cesar levantara la ciudad de las cenizas de una destrucción anterior. Esta ciudad nueva había experimentado un crecimiento y prosperidad muy grandes. Era la capital de la provincia de Acaya. Estaba ubicada en una estrecha franja de terreno entre dos puertos, Cencrea al Este y Lequeo al Oeste, Corinto recibía forasteros y comerciantes de todas las partes del mundo. Además de su posición junto al mar, Corinto era punto intermedio en la ruta entre Grecia y el Peloponeso. Todo el tráfico militar y comercial del norte y del sur atravesaba esta importante ciudad.
En consecuencia Corinto era una ciudad donde la riqueza florecía. Cuando Pablo habla de “oro, plata y piedras preciosas” en el capítulo 3, está usando una ilustración que les era familiar a los corintios. A 16 Km., de la ciudad se celebraban los Juegos Ístmicos cada cuatro años. Era el más espléndido y concurrido festival de los griegos. Los preparativos para los juegos duraban varios meses y venían delegaciones y atletas de todas partes, las competiciones más importantes eran carreras y luchas Pablo hace referencia a esto en el capítulo 9.
Arriba en la Acrópolis, dominando Corinto y como controlando su vida, estaba el magnífico templo de Afrodita, la diosa del amor y la fertilidad. Un millar de sacerdotisas ejercían el oficio de la prostitución como parte de los ritos religiosos. Corintio era una ciudad orientada hacia el vicio. Hombres prostituidos, con largas melenas, componían una escena corriente en las calles y constituyen trasfondo del comentario de Pablo en (1Cor.11:14) “La naturaleza misma ¿no os enseña que al varón le es deshonroso dejarse crecer el cabello?”
Pablo pasó de Atenas a Corinto, centro de prosperidad, deporte, política e inmoralidad. Su estado de ánimo no era el mejor. Había tenido una experiencia desalentadora en Atenas y ahora le aguardaban más problemas. El Señor tuvo que asegurarle su presencia y protección a través de una visión.
Hechos 18:9,10
9 “Entonces el Señor dijo a Pablo de noche, por medio de una visión: “No temas, sino habla y no calles;”
10 “porque yo estoy contigo, y nadie pondrá la mano sobre ti para hacerte mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.”
Los primeros contactos que tuvo el apóstol fueron con un matrimonio, Aquila y Priscila, víctimas de la expulsión de judíos de Roma bajo Claudio Cesar. Puesto que, al igual que Pablo hacían tiendas pasó a vivir en su casa,
Pronto Silas y Timoteo, que habían estado en Macedonia, se unieron al grupo y juntamente con Pablo presentaban el evangelio de Jesucristo cada sábado en la sinagoga. Se convirtieron dos hombres influyentes, Justo, cuya casa estaba al lado, y Crispo, el principal de la sinagoga. Así llegó a establecerse una iglesia neotestamentaria, que incluía hombres y mujeres, judíos y gentiles, esclavos y señores, una amalgama de los diferentes ciudadanos de Cortinto. Pablo habla de esto en (1Cor.1:26-31, y en 1Cor. 6:9-11).
El apóstol pasó casi dos años en Corinto, enseñando, predicando y organizando la iglesia. Luego se trasladó a Efeso, donde permaneció tres años. Estando allí recibió cartas de los corintios pidiéndole consejo en lo relativo al matrimonio y al problema de la carne que había sido ofrecida a los ídolos en el templo. Recibió, además, noticias desalentadoras sobre la situación de la iglesia. Para contrarrestar estas corrientes así como para responder a sus preguntas. Pablo escribió la primera carta a los corintios.
Primera Corintios es una carta de enojo, sátira reprensión, corrección e instrucción. Esta dirigida a una congregación que se había establecido sobre los mejores cimientos y que había disfrutado de la mejor enseñanza y ejemplo. Imaginen que oportunidad habría vivido la ciudad de Corinto con una comunidad de testigos llenos del Espíritu y fundada sobre el Cristo resucitado. ¡Pero la iglesia local fracasó! en vez de victoria había tragedia. En vez de testimonio había deshonra.
1Corintios 5:1
1 “Ciertamente, se oye que hay entre vosotros inmoralidad sexual, y una inmoralidad tal como ni aun entre los gentiles se tolera; tanto, que hay quien tiene la esposa de su padre.”
En vez de evangelización, había un merecido ridículo.
1Corintios 14:23
23 “De manera que, si toda la iglesia se reúne en un lugar y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o no creyentes, ¿no dirán que estáis locos?”
Observen los síntomas del ‘corintianismo’ como los presenta el Espíritu Santo a través de Pablo y descubrirán un motivo importante por el que se incluyeron estas cartas en el N.T.; son una amonestación a los creyentes de cualquier época: ‘guardaos del corintianismo’.
La iglesia de Corinto era carismática “Nada os falta en ningún don (carisma)” (1Cor.1:7). Pablo escribe tres capítulos intentando aclararles este asunto, caps. 12, 13,14.
Era una iglesia inmadura. “De manera que yo hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (1Cor.3:1). El apóstol se refiere otra vez a esto en 13:11; 14:20 y en sus últimas palabras en 16:13.
La iglesia toleraba la inmoralidad en su seno. Pablo estaba conmocionado al ver que un miembro vive en inmoralidad con su madrastra, acto que ni los paganos miraban con agrado. “Ciertamente, se oye que hay entre vosotros inmoralidad sexual, y una inmoralidad tal como ni aun entre los gentiles se tolera; tanto, que hay quien tiene la esposa de su padre.” (1Cor.5:1).
1Corintios 6: 15-18
15 “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? ¡De ninguna manera!”
16 “¿O no sabéis que el que se une con una prostituta es hecho con ella un solo cuerpo? Porque dice: Los dos serán una sola carne.”
17 “Pero el que se une con el Señor, un solo espíritu es.”
18 “Huid de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo.”
Y les tuvo que recordar que sus cuerpos eran miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo. Además, el convivio de amor que precedía la cena del Señor se veía enturbiada por la embriaguez y sobre todo por una actitud de orgullo y falta de preocupación “¡Y vosotros estáis inflados de soberbia! ¿No habría sido preferible llorar, para que el que ha cometido semejante acción fuera expulsado de entre vosotros?” (1Cor.5:2).
La herejía se infiltraba en la iglesia. La doctrina de la resurrección era puesta en tela de juicio por algunos miembros de la congregación. “… ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?…” (1Cor 15:12). En Segunda Corintios Pablo se lamenta de que ya no eran la “virgen pura” que se había desposado con Cristo.
2Corintios 11:3
3 “Pero me temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, de alguna manera vuestros pensamientos se hayan extraviado de la sencillez y la pureza que debéis a Cristo.”
Y les manda que se examinen así mismos “si están firmes en la fe” (2Cor.13:5).
Así que Pablo escribe afligido a una iglesia a la que había dedicado mucho tiempo, esfuerzos y enseñanzas. Una iglesia que estaba detenida en su desarrollo, carismática en sus prácticas, inmoral en su forma de vivir y herética en su doctrina. ¡La Catástrofe de Corinto!
Observen como Pablo trató el problema de la inmadurez. Usó tres analogías para describir el desarrollo y el crecimiento cristiano. Un edificio, una carrera y un cuerpo. La analogía del edificio está en el capítulo 3, y el apóstol dice: ‘un edificio inacabado es algo desagradable a la vista; acaben lo que yo empecé y miren como sobreedifican’. El ejemplo de la carrera se halla en el capítulo 9, y está inspirado en las carreras de los Juegos Istmicos. Pablo dice: ‘una contienda inacabada es un malgasto y una pérdida, sigan hacia adelante hacia el premio’. La analogía del cuerpo es el tema principal del capítulo 12,. Aquí Pablo afirma: ‘un cuerpo que no funciona es una tragedia, y un cuerpo que no coopera es un suicidio. No dividan más el cuerpo con sus deseos egoístas e infantiles en busca de dones espectaculares’. Las tres analogías señalan que el fracaso de esta iglesia había sido no acabar lo que Dios había empezado. ¡Un crecimiento detenido!
Es importante entender aquí que no es la inmadurez espiritual. No es, en primer lugar, falta de dones espirituales. Los corintios tenían todos los dones.
1Corintios 1:7
7 “De tal manera que nada os falta en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.”
Es interesante observar que, inmediatamente después de mencionar la existencia de carismas en el seno de la congregación, pasó a referirse a la división existente entre ellos.
1Corintios 1:10
10 “Os exhorto, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que os pongáis de acuerdo y que no haya más disensiones entre vosotros, sino que estéis completamente unidos en la misma mente y en el mismo parecer.”
¡Dones espirituales no es sinónimo de espiritualidad!
La inmadurez no es causada por la falta de conocimiento. Los corintios eran grandes admiradores de la sabiduría y la erudición. Pablo les amonesta sobre esto en los capítulos uno y dos. En 1Cor.3:18,19, les aconseja: ‘obtengan la sabiduría en la fuente adecuada. Porque la sabiduría de este mundo es locura para Dios’ Y nuevamente en 2Cor.10:5, dice “… y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. No, una educación mejor, tan admirable y deseable como parezca, no es la respuesta a la inmadurez espiritual.
La inmadurez no es necesariamente resultado de una falta de buena enseñanza. Los corintios tuvieron la mejor enseñanza. Pablo dijo que la habían recibido del Espíritu Santo.
1Corintios 2:12,13
12 “Y nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios nos ha dado gratuitamente.”
13 “De estas cosas estamos hablando, no con las palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, interpretando lo espiritual por medios espirituales.”
¿Puede alguien mejorar esto?
De modo que los corintios poseían todos los dones, estaban bien enseñados en la Palabra, y tenían los mejores maestros. Sin embargo, aún así, ¡eran carnales y niños!
¿Cuáles son entonces los síntomas de inmadurez en esta iglesia?
Un síntoma común es el egoísmo. Los niños son egoístas. Fíjense en las primeras palabras que llegan a articular. “Yo, mío y mí”. Igual ocurre con los niños espirituales, tengan la edad que tengan. Estos corintios se denunciaban entre ellos porque se sentían ‘defraudados’ (1Cor.6:7). ¡Egoísmo! Hacían un uso incorrecto de sus libertades cristianas sin pensar lo que ello podría acarrear a otros.
1Cor. 8:9; 11-13
9 “Pero mirad que esta vuestra libertad no sea tropezadero para los débiles.”
11 “Así, por el conocimiento tuyo se perderá el débil, un hermano por quien Cristo murió.”
12 “De esta manera, pecando contra los hermanos e hiriendo sus débiles conciencias, contra Cristo estáis pecando.”
13 “Por lo cual, si la comida es para mi hermano ocasión de caer, yo jamás comeré carne, para no poner tropiezo a mi hermano.”
¡Egoísmo! Se llenaban de comida en los ágapes mientras sus hermanos más pobres pasaban hambre ¡Egoísmo! Bebían hasta emborracharse sin pensar en las consecuencias ¡Egoísmo! Eran ignorantes en lo concerniente al uso adecuado de los dones espirituales. No eran ignorantes acerca de los dones, los tenían todos, pero si acerca de su lugar y propósito. Los corintios usaban los dones para su auto-edificación (satisfacción propia), práctica que Pablo reprendió en los capítulos del 12 al 14.
Un segundo síntoma de inmadurez espiritual es la división. Los corintios estaban divididos entre sí en torno a diferentes personalidades. Había el partido de Pablo, el de Apolos, el de Pedro y el de Cristo (1cor.1:12). Cuando Clemente de Roma escribió a esta misma iglesia en el año 97 d.C., 38 años después, se enfrenta con idéntico problema, la división. ¡La inmadurez! Pablo quiere hacerles comprender la relación entre el infantilismo y la división poniendo juntos ambos conceptos en 1Cor. 3:1-9).
Sin duda la división tiene su lugar y su momento cuando es necesaria. En 1Cor.10:20,21, se le manda a la iglesia que no tenga comunión con los que adoran a demonios. En 2Cor.6:14-17, se exhorta a los creyentes a evitar la injusticia, la oscuridad, la impureza y los ídolos. Pero nada se dice de la separación de los hermanos en torno a diferentes personas. ¡Tal división es inmadurez!
Un tercer síntoma de inmadurez de Corinto era la crítica. Esta congregación menospreciaba a Pablo pensaban que le aventajaban y superaban espiritualmente. Pablo escribe: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros…” (1Cor.4:3). en el versículo 8, del mismo pasaje, afirma irónicamente: “Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros!” Vemos la actitud de estas personas en una referencia que de ellos hace el apóstol al defender su apostolado: “… la presencia corporal es débil y su palabra despreciable” (2Cor.10:10). ¡Una crítica cáustica, despectiva, es señal de inmadurez espiritual!
El cuarto síntoma de un desarrollo espiritual detenido era la tolerancia del mal en la iglesia. Su sensibilidad hacia el pecado se había cauterizado. Lo que antes les repelía, ahora ya no les afectaba. No veían nada malo en litigar ante los tribunales. La inmoralidad en la iglesia no les molestaba. La indulgencia en los pecados de la carne, de los que habían sido liberados al principio, estaba ampliamente extendida y era aceptada. La glotonería y la borrachera eran algo común en la mesa del Señor. ¡Qué situación más deplorable! Y aún así los corintios creían que habían alcanzado una buena talla espiritual, demostrada por la presencia de dones espirituales (principalmente lenguas) que les situaban, en su opinión, por encima de las otras iglesias y de Pablo mismo.
Fue para corregir este concepto erróneo y para impedir que la iglesia continuase resbalando que Pablo escribió esta primera carta a Corinto. El centro de la epístola está en los capítulos 12 a 14, en los que el apóstol corrige los errores fundamentales concernientes a los dones. ¿Por qué fueron dados? ¿Cómo fueron repartidos? ¿Cómo debían ser usados? Si Pablo puede conseguir que los corintios acepten su corrección en los asuntos derivados de estas preguntas, todas las dificultades estarán en camino de desaparecer.
Desgraciadamente, Pablo no tuvo éxito. El conocimiento limitado que tenemos de la iglesia de Corinto nos muestra una asamblea que continuó en la misma línea descrita en las epístolas y que eventualmente murió con su ciudad. ¡Un fracaso y una tragedia! Pero las cartas (inspiradas por el espíritu Santo) continúan vivas, amonestando, enseñando, corrigiéndonos a nosotros que vivimos en otra sociedad ‘corintia’ con un fenómeno llamado ‘corintianismo’ extendiéndose por las iglesias. ¿Vamos a caer en las mismas faltas de esta iglesia primitiva o aprenderemos de ellos y atenderemos el consejo del espíritu a través de Pablo?

miércoles, 1 de febrero de 2012

La Cautividad Pelagiana de la Iglesia (Por R.C. Sproul)

Inmediatamente después que se inició la Reforma, en los primeros años después de que Martín Lutero clavará sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en Wittenburg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas. Uno de los más provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia. En este libro Lutero miró en retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad. Lutero en el siglo dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de la nueva cautividad babilónica de la iglesia. Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el Evangelio cautivándolo con su rechazó del entendimiento bíblico de la justificación. Puede entender cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia no simplemente había errado o extraviado, sino había caído, y que ésta es en realidad ahora Babilonia; que está en un cautiverio pagano.
A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría decir? ¡Oh claro!, no puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que sería esto: Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir, el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.
Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico. Él escribió extensamente acerca de éste en La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma y vemos las solas de la Reforma -Sola Scriptura, Sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria, Sola gratia- Lutero estaba convencido que el verdadero punto de la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de solo fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.
En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad, los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston, incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro. El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:
Estas cosas necesitan ser consideradas por los protestantes de hoy. ¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros. La Esclavitud de la voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la salvación de la humanidad perdida. A la luz de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre los días de Lutero y los nuestros. ¿No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo que de Luterano? ¿A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre grupos? ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a Erasmo? ¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa? [1]
Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y todos los principales teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno de las obras de Lutero dice esto:
Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología Evangélica se sostiene o cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano. La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso. La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe fue importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana. La soberanía de la gracia encontraba expresión en un nivel más profundo de su pensamiento al descansar en la doctrina de la regeneración monergista. [2]
Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano. El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia. ¿Cuál es el origen de la fe? ¿Es la fe el don de Dios, indicando por tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la cumpla? ¿Puede percibir la diferencia? Déjame ponerla en términos simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte, sin embargo el punto culminante es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser salvo”. Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.”
¿Qué es pelagianismo?
Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”. ¿De qué estamos hablando?
Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto. Él fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín, obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo.
Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración. En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente daño, en una declaración inocente en la cual dice: “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”. Ahora, ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria. Cuando escuchó esto, protestó vociferando, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín, que Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas? Nadie va a disputar eso. Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho a imponer obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso.” La expresión ‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una oración perfectamente legítima.”
Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer lo que ordenas.” Él dijo, “¿De qué estás hablando? Si Dios es justo, si Dios recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar”. Ahora esto tiene sentido, ¿no es así? Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral. Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer lo que me ordenas que haga?” Pelagio vio en esta declaración una sombra que estaba siendo puesta sobre la integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer.
Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la trasgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos para acomodarlos a la débil, condición caída de su creación. Dios castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y Eva, nace ya muerto en pecado. El pecado original no es el primer pecado. Este es el resultado del primer pecado; se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída. Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del pecado original. Así que, es claro para la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo.
Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto. Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán. No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva. Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios. Pelagio dijo que la gracia-y he aquí la distinción clave- facilita la justicia. ¿Qué significado tiene “facilita?” Esta ayuda, ésta hace más fácil, hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen. Agustín dijo, “No, no, no, no… nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las profundidades y raíz de nuestro ser- a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios. La voluntad humana, como resultado del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal que Agustín podía describirla como incapacidad para no pecar. En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó cautivo a sus propias inclinaciones malvadas.
En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El Pelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado firme y completamente el Pelagianismo- porque el Pelagianismo niega la caída de nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado original.
Ahora, que es el llamado semi-Pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-Pelagianismo dice esto: sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino necesaria para la salvación. Pero, aún cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la gracia, no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno. Es esta pequeña isla que debe ser ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en el centro de nuestro ser o no hacerlo.
Agustín no reconoció esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados.
Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-Pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y lee el entendimiento Católico de lo que sucede en la salvación, y la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con -y asentir con- la gracia precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.
En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente, en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la fe, y que la fe es en sí misma un don de Dios. La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar en él. Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre”, la condición necesaria para la fe y la salvación de cualquiera persona es la regeneración.
Los Evangélicos y la Fe
El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo, debe primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo. ¿No es ésto lo que escuchas? En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno. Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones -déjeme decirlo de manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas son Pelagianas. El decir que somos básicamente buenos es un punto de vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo. Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en él. Lo escuchamos cada día. Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio cristiana.
En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América, escribió un libro de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y sostuvo claramente la posición Pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva de Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan fuertemente como pudo la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis básica de este hombre fue, no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos. Su nombre: Carlos Finney, uno de los más respetados evangelistas de América. Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron es que la justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que podemos llegar es que Carlos Finney no era Cristiano. Yo leo sus escritos y digo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir esto.” Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte. Y él no es semi-Pelagiano; él es descarado en su Pelagianismo.
La Isla de Justicia
Una cosa es clara: puedes ser pelagiano puro y ser bienvenido por completo en el movimiento evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda; no solamente es que está dentro de la tienda- sino que ha sacado al propietario de la tienda. El Evangelicalismo moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada, la cual llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo. Ahora, usted dice, “Espera un minuto R. C. No encierres a todos en el argumento del Pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.” Y esto es verdad. No cuestionaré acerca de ello. Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela por qué históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado, que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es dejada sin tratamiento, sino que es mortal.
Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención. Él dijo, el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a una persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios le tire un salvavidas, no puede ser rescatado. Y Dios no solamente le debe tirar un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y acertarle de tal manera que pueda sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le rescatará. Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá.
La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital con un padecimiento que es terminal. No hay manera que pueda curarse a menos que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará su enfermedad fatal. Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. El no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca. Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene que tomarla.
Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar. Ése es el lugar donde usted estuvo cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire. Y cuando estaba muerto Dios le dio vida juntamente con Cristo. Dios se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y lo resucitó de la muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que la Biblia dice: que estamos muertos moralmente.
¿Tenemos nosotros una voluntad? Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.
La doctrina semi-Pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado. Esta visión desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros.
Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente. La doctrina bíblica de la corrupción humana es dura. No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto. Pero estemos de buen ánimo, somos básicamente buenos.” ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?
Ahora, regresemos a Lutero. ¿Cuál es el origen y la posición de la fe? ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de la justificación, la cual tenemos que cumplir? ¿Es su fe una obra? ¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer? Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan. Estaba hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo. Él dijo, “¿Estás tratando de decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?”
Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres cristiano?
Él dijo, “Sí.”
Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”
Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”
Le dije, “¿Por qué eres cristiano y tus amigos no lo son? ¿Es por qué eres más justo que ellos? Él no era estúpido. El no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo. Yo hice la cosa correcta y mis amigos no”. Él sabía a donde quería llegar con esta pregunta.
Y él dijo, “Oh, no, no, no.”
Le dije, “Dime por qué. ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?
Y él dijo, “No.”
Sin embargo el no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios. El no quería venir a esto. Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron”.
¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una obra que había hecho. Y él era un protestante, un evangélico. Pero su punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista Romano.
La Soberanía de Dios en la Salvación
Este es el punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es ésta tu propia contribución a la salvación? ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros mismos?
Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo. No es de maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma. En efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores. El Arminianismo era sin lugar a dudas, a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano como el otro. A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio.
Y aunque este punto de vista es el que predomina en las encuestas de hoy en la mayoría de los círculos evangélicos profesantes y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece en la iglesia, y no sé qué pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá: no tendremos una nueva Reforma. Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia de Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios. Soli Deo gloria: solamente a Dios la gloria.
[1] J. I. Packer and O. R. Johnston, “Introduction” to the The Bondage of the Will (Old Tappan, NJ, Fleming Revell, 1957, 59-60
[2] Ibid

domingo, 29 de enero de 2012

Albert Mohler: ¿Por qué les hablas por parábolas? [Video] de Lumbrera Elblog, el Viernes, 12 de agosto de 2011 a la(s) 13:05 Conferencia de pastores de “Grace Community Church” [2003] ¿Qué hace Jesús ante la multitud? Pinceladas de este mensaje: Uno de los puntos que puede llegar a corromper una iglesia es el no poder distinguir entre una multitud y una iglesia…No distinguir es todo, es no distinguir nuestra tarea en el ministerio…Cualquiera puede atraer una multitud pero no podemos pensar que una multitud es una iglesia. Ahora bien, hay iglesias grandes, pero primero son iglesias. Son grandes porque han crecido por la predicación de la Palabra. La tarea de la predicación, el principio de la mayordomía de la Verdad. El deseo de un pastor debe ser una congregación que demande más y más y desee la exposición de la Palabra. La predicación expositiva debe ser una redundancia, pues si no hay predicación expositiva, no hay predicación. Una iglesia que es alimentada por una dieta de predicación bíblica y ama la predicación bíblica, crecerá y se verá fruto espiritual y el deseo estará ahí y será contagioso y la gloria de Dios será desplegada, conforme la congregación sabe más y más, por la acción del Espíritu Santo; la Palabra de Dios está siendo aplicada en sus vidas, conforme los creyentes son conformados a la imagen del Señor Jesucristo. Y que trágico es ver una iglesia que se alimenta de cosas superficiales, que tiene una dieta de sopa aguada. El hecho es que su apetito se apaga, su apreciación por las cosas santas y la Palabra de Dios se disipa, desaparece. No hay posición de neutralidad, no hay posición neutral para con la Palabra. O estamos creciendo en un amor mayor por la Palabra, o estamos decreciendo en nuestra actitud apática hacia la Palabra de Dios. O crecemos en la fidelidad de la Palabra de Dios, o nos estamos alejando más y más y estamos yendo más distantes de ella. No hay posición de neutralidad, nuestra vida siempre está moviéndose y es un movimiento que nos lleva a una mayor fidelidad o mayor infidelidad. No hay manera de darle vuelta a esto. Otras predicaciones correspondientes a esta conferencia:

Albert Mohler: ¿Por qué les hablas por parábolas? [Video]

de Lumbrera Elblog, el Viernes, 12 de agosto de 2011 a la(s) 13:05
Conferencia de pastores de  “Grace Community Church” [2003]


¿Qué hace Jesús ante la multitud?

Pinceladas de este mensaje:
Uno de los puntos que puede llegar a corromper  una iglesia es el no poder distinguir entre una multitud y una iglesia…No distinguir es todo, es no distinguir nuestra tarea en el ministerio…Cualquiera puede atraer una multitud pero no podemos pensar que una multitud es una iglesia.  Ahora bien, hay iglesias grandes, pero primero son iglesias.  Son grandes porque han  crecido por la predicación de la Palabra. 

La tarea de la predicación, el principio de la mayordomía de la Verdad.
El deseo de un pastor debe ser una congregación que demande más y más y desee la exposición de la Palabra.  La predicación expositiva debe ser una redundancia, pues si no hay predicación expositiva, no hay predicación.
Una iglesia que es alimentada por una dieta de predicación bíblica y ama la predicación bíblica, crecerá y se verá fruto espiritual y el deseo estará ahí y será contagioso y la gloria de Dios será desplegada, conforme la congregación sabe más y más, por la acción del Espíritu Santo;  la Palabra de Dios está siendo aplicada en sus vidas, conforme los creyentes son conformados a la imagen del Señor Jesucristo.

Y que trágico es ver una iglesia que se alimenta de cosas superficiales, que tiene una dieta de sopa aguada.   El hecho es que su apetito se apaga, su apreciación por las cosas santas y la Palabra de Dios se disipa, desaparece.  No hay posición de neutralidad, no hay posición neutral para con la Palabra.  O estamos creciendo en un amor mayor por la Palabra, o estamos decreciendo en nuestra actitud apática hacia la Palabra de Dios.  O crecemos en la fidelidad de la Palabra de Dios, o nos estamos alejando más y más y estamos yendo más distantes de ella.  No hay posición de neutralidad, nuestra vida siempre está moviéndose y es un movimiento que nos lleva a una mayor fidelidad o mayor infidelidad.  No hay manera de darle vuelta a esto. 

Otras predicaciones correspondientes a esta conferencia:

El mundo se nos ríe en la cara;que tristeza a donde se ha llegado

sábado, 28 de enero de 2012

“Sola fe, sola gracia y sola Escritura”. Fue el fundamento de los reformadores iluminados por el ESPÍRITU SANTO para un Nuevo Avivamiento por La Palabra de DIOS; es que para el siglo XVI, hacía más de mil años que las Sagradas Escrituras se habían escondido y se habían cambiado por doctrinas e interpretaciones humanas.  Lutero inspirado por el Espíritu Santo, comienza un movimiento de retorno a las Escrituras.   Volver a la Palabra de Dios es la obra que el Espíritu Santo está haciendo hoy en la Iglesia del Señor, porque Él no habla por su propia cuenta, sino que Él nos recuerda lo que El Padre y El Hijo han hablado. (Las Escrituras). Jn. 14:26, y 16:13
La Iglesia del Señor es movida por el Espíritu Santo y por la revelación de las Escrituras.  No buscamos señales milagrosas; las señales nos siguen por el poder de la Palabra de Dios. No interpretamos las Escrituras; son ellas las que dan testimonio de JESÚS y se interpretan a sí mismas por el Espíritu Santo.  No juzgamos las Escrituras, solamente nos limitamos a conocerlas, comprenderlas y obedecerlas.  No investigamos la Biblia, sino que la escudriñamos diligentemente con fe.  Mr. 16: 17,  2 Ti. 3: 16 y 17, 2 P. 1: 19 – 21.
A pesar de que hoy día vemos muchas desviaciones, la verdadera Iglesia permanece fundamentada en la Palabra de Dios; tenemos sentimiento Bereano, porque recibimos el mensaje y examinamos las Escrituras para ver si es verdad lo que se nos anuncia;  en otras palabras, no tragamos entero, no recibimos confiadamente lo que nos dicen, sino que lo confrontamos con la Palabra.  Solo aceptamos lo que proviene de Dios por Su Palabra de testimonio que es verdad.  “La Biblia”.  Hch. 17: 11,12. “Recibamos la Palabra de DIOS con respeto y humildad”. Que la Iglesia retorne a Las Escrituras. Que DIOS te bendiga. HWR.