jueves, 9 de febrero de 2012

La Biblia ante todo

 
“¡Quierotener mi propia Biblia! ¡Voy a tener una Biblia, aunque tenga que ahorrar durante diez años!”.Era el año1794. La pequeña Mary Jones siempre había anhelado tener una Biblia en sus manos parapoder leerla por símisma. Hacíaañosque se sentaba en el regazo de su padre, un tejedor de oficio, paraescucharlo mientras le contaba las historias de Abraham, José,David y Daniel. Pero su familia erademasiado pobre para poder comprar una Biblia, de haber sido fácil de conseguir, pues en aquellaépoca casi no se conseguían Biblias en todo Gales.Hacia dos años, la señora Evans, esposa de un granjero vecino, al enterarse de que Mary anhelaba leerla Biblia, le había prometido que cuando aprendiera a leer, podría ir a su casa para leer la Biblia que ellostenían. Apenas se abrióuna escuela en las cercanías del pueblo, Mary comenzó a asistir, entusiasmadapor aprender a leer.Esta vez, la niñade diez añoscamino másde dos kilómetros desde el pueblo de Llanfihangel, al norte deGales, hasta la granja de la familia Evans. La distancia no fue un problema para la ansiosa niña:“¡Caminaríamucho máspor semejante placer, señora mía!”, le dijo a la señora Evans.Finalmente, cuando Mary se quedósola con la Biblia en la habitación, levantóreverentemente el pañoblanco que cubríay protegíael preciado libro. Después, con manos temblorosas, abrióel libro en elcapítulocinco Juan, y sus ojos se posaron en las palabras” “Escudriñadlas Escrituras; porque a vosotrosos parece que en ellas tenéisla vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Jn. 5:39). Con lacerteza de que Dios le había hablado claramente, hizo la fiel promesa de que escudriñaríala Palabra deDios con todo su corazón.Desde ese día, cada sábado iba caminando hasta la granja de la familia Evans, donde leía, estudiaba ymemorizaba capítulos enteros de aquella Biblia prestada. Sin embargo, su corazón no dejaba deconsumirse por el profundo anhelo de tener su propia Biblia. Mary se había propuesto tener una Biblia,a cualquier precio.Durante los siguientes seis años, además de sus estudios escolares y los diferentes quehaceres de lacasa, Mary aprovecho cada momento libre para hacer trabajos ocasionalespara amigos y vecinos. Ypersistiódiligentemente en ahorrar para comprar su propia Biblia. Cuando se enteróde que el lugarmáscercano para comprar una Biblia era el pueblo de Bala, a unoscuarenta kilómetros de distancia, nodudóen ir. Llena de esperanza, una mañana temprano comenzóa caminar descalza, para no arruinar su
 
únicopar de zaparos. Antes de llegar a su destino, las piedras del camino ya habían ampollado ylastimado todos sus pies.Agotada físicamente, pero sin poder contener la emoción de estar a punto de cumplir la aspiración detoda su vida, Mary finalmente llegóa Bala, donde le contósu historia al señor Charles, ministro religiosodel lugar. Cuando Mary terminóde hablar, el señor Charles se lamentóde informarleque acababa devender la ultima Biblia que teníaa la venta, y que la pequeña cantidad de Biblias que le quedaban yaestaban reservadas para otros. Además, la sociedad que había impreso aquella pequeña cantidad deBiblias en galésya no pensaba imprimir más.Fue tan grande la desilusión de Mary que comenzóa llorar incontrolablemente. Conmovido por lagran pasión de aquella niñapor una biblia,el señor Charles sintióque debía darle una de las Biblias quele quedaban. Las palabras no pueden describir la felicidad que Mary sintiócuando el señor Charlescolocóen sus manos el precioso tesoro por el que había estado orando, llorando y ahorrando todos esosanos. Durante el trayecto de los cuarenta kilómetros de regreso a casa, su corazón rebosaba de alegríapor tener su propia Biblia, el libro que seguiría siendo el mejor amigo y compañero de toda su vida.Nancy LeighDeMoss,
En la quietud de su presencia 
(págs. 137-139, Editorial Portavoz,edición enespañol, año 2011)Cortesía de:
Lumbrera.wordpress.com

Soy pastor y me critican!

C.J. Mahaney [Fuentes: JMB] / DEE

Me he servido de muchas citas de los escritos y sermones de Charles Spurgeon a través de los años. Y, con respecto a la crítica personal, hay una cita en particular que me ha servido por largo tiempo. Vuelvo a ver la cita tanto antes de que llegue la crítica personal (si es que puedo anticiparla), o después de que aparezca la crítica (si me toma por sorpresa). Esto me prepara para la llegada de la crítica y me provee de una perspectiva para mi corazón una vez que la crítica ha sido compartida.
Dice así:
“Hermano: Si algún hombre piensa mal de ti, no te enojes con él; porque tú eres peor de lo que él piensa que eres. Si te acusa falsamente por algo, estate satisfecho; porque si te conociera mejor podría cambiar la acusación y no saldrías beneficiado por ese cambio. Si pintan un cuadro moral de ti y es feo, estate satisfecho; porque todavía necesitaría unos toques de negro para acercarse más a la realidad.”
En diferentes ocasiones a lo largo de los años he recibido críticas de personas que parecían tener… digamos… una mala actitud. Cuando esto sucede me siento tentado a ofenderme por esa actitud y a sentirme aliviado antes de tiempo, concluyendo que una crítica traída con dicha actitud tiene que ser errónea. Y puede que sea errónea (o no). Pero, incluso si lo es, cualquier alivio que pueda experimentar es de corta duración cuando recuerdo las palabras del señor Spurgeon.
Aún si la crítica es errónea, no hay lugar para mi orgullo. Esto se debe al hecho de que yo estoy más al tanto de mi propio pecado que cualquier crítico. Pero, lo que es más importante, Dios está al tanto de todos mis pecados. Es por eso que, aún si se prueba que la crítica es totalmente errónea, yo no debería estar orgulloso de eso.
El saber esto me restringe de apresurarme en criticar o desechar las percepciones de los otros, aún si sus correcciones son fuertes, aún si no vienen con corazones humildes y bondadosos, e incluso si el contenido de la crítica es erróneo. Siempre puedo aprender una lección simple de la crítica: ¡Soy peor de lo que ellos piensan!
La cita de Spurgeon me humilla, restringe mi orgullo, y me recuerda que siempre necesito de un Salvador, incluso cuando los demás no pueden ver con exactitud la profundidad de mi propio pecado. He aprendido a lo largo de los años que, aun cuando la crítica es errónea, debería humillarme y recordarme que Dios tiene un “cuadro moral” acertado de pecadores como yo. Debería recordarme que incluso la crítica peor informada que me puedan hacer, me va a halagar más que la realidad.

martes, 7 de febrero de 2012

El Camino de la Oracion Ferviente

mino a la oración ferviente - Arthur W. Pink




Bendicion Diaria


Daily Blessing
Miércoles Febrero 8, 2012

Verso Para Hoy:
...sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;

Lutero y Erasmo:El Libre albedrio y el albedrio eclavo

Lutero y Erasmo: El libre albedrío y el albedrío esclavo

Con el Concilio de Trento el catolicismo romano estableció claramente su rechazo al pelagianismo, pero también rechazó al agustinianismo, colocándose de ese modo del lado de los semipelagianos. Los reformadores, en cambio, se colocaron abiertamente del lado de Agustín en la controversia antropológica, como vemos en el caso de Martín Lutero.
Un buen punto de partida para estudiar la antropología de Lutero es el debate que sostuvo con Erasmo de Rotterdam luego que éste publicara en 1524 su famosa obra Diatribe seu collatio de libero arbitrio (“Sobre la Diatriba del Libre Albedrío” – a la cual nos referiremos de ahora en adelante simplemente como “Diatriba”).
Hasta hace momento la relación entre Erasmo y Lutero había sido muy respetuosa y de mutua admiración; ambos intercambiaron una amplia correspondencia epistolar en la que Lutero alaba a Erasmo por su contribución a la cristiandad. De hecho, Lutero Hizo uso del NT griego que Erasmo publicó en 1516 para la traducción del suyo al alemán en 1522 (el NT de Lutero, a su vez, serviría de base para la traducción de Guillermo Tyndale al inglés en 1526).
Pero Erasmo comenzó a ser presionado por ambos bandos para que definiera claramente su posición con respecto a la Reforma. Los católicos le miraban con sospecha por su amistad con Lutero y su silencio respecto a él. Lutero, por su parte, rogaba a Erasmo, y aún le exigía, que dejara el catolicismo y se uniera a la causa reformada. Al mismo tiempo, Erasmo comenzó a inquietarse por el curso cada vez más radical que tomaba la Reforma de Lutero, sobre todo a partir de la publicación de “La Cautividad Babilónica de la Iglesia” en 1520.
Tal parece que todo eso influyó en Erasmo para la publicación de su polémica obra contra Lutero, aún a sabiendas de que marcaba su ruptura definitiva con él. Así lo expresaba en una carta enviada a Enrique VIII el mismo año en que la obra fue publicada: “La suerte está echada. Salió a la luz el tratado acerca del libre albedrío”.
Lutero no respondió de inmediato. No sólo se encontraba ocupado en la redacción de sus obras “Contra los profetas celestiales” y “Anotaciones al Deuteronomio”, sino que también estalló la guerra de los campesinos en 1525, lo que movió a Lutero a publicar tres escritos relacionados con la revuelta, entre enero y julio de 1525. Pero finalmente, a finales de ese mismo año, Lutero publica su respuesta titulada De servo arbitrio (este título puede ser traducido al español como “La Esclavitud de la Voluntad”, pero en las Obras de Martín Lutero aparece con el título “La Voluntad Determinada”, que es el que usaremos aquí).
Lutero comienza su obra señalando el hecho de que la Escritura es clara en todo aquello que es importante para la salvación y que ésta debe ser el árbitro final en el debate concerniente al papel de la voluntad humana en ese proceso.
Dado que Erasmo declara en la Diatriba que la doctrina del libre albedrío no era tan importante como para enfrascarse en una lucha en torno a ella, Lutero le responde: “Pero más intolerable aún es que hagas figurar esta cuestión del libre albedrío entre las cosas que son inútiles e innecesarias… Si tú consideras esta cuestión del libre albedrío como no necesaria para cristianos, entonces retírate, por favor, del escenario de la lucha”.
El punto central la controversia entre Erasmo y Lutero era una vez más la antigua controversia entre el monergismo y el sinergismo. ¿Cuál es el factor decisivo en la salvación del pecador, la voluntad humana o la gracia de Dios? ¿Cuál es el papel que juega la una y la otra? Esta controversia no puede ser calificada de superflua por ninguna persona que esté interesada en su salvación y en la de los otros.
Como dice Lutero: “Si desconozco las obras y el poder de Dios, desconozco a Dios mismo. Y si desconozco a Dios, tampoco puedo rendirle culto ni alabarlo ni darle gracias y servirle, puesto que no sé cuánto debo atribuir a mí mismo y cuánto a Dios”.
Al entrar directamente en el tema del libre albedrío, Lutero parte de la misma definición dada por Erasmo: “Además, por el libre albedrío – escribe Erasmo en su Diatriba – entendemos en este lugar la fuerza de la voluntad humana por la cual el hombre se puede aplicar a aquello que conduce a la salvación eterna, o a apartarse de ello”. Erasmo no niega que la caída haya debilitado los poderes naturales del hombre, pero aun así le atribuye cierta capacidad para conocer a Dios y volverse a Él ayudado, claro está, por la gracia de Dios.
Pero eso contradice lo que Pablo dice en pasajes como 1Cor. 2:9: “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1Co. 2:9). Estas cosas, dice Pablo, Dios nos las reveló por Su Espíritu; “esto es – explica Lutero –, si el Espíritu no lo hubiese revelado, ningún corazón humano sabría algo de esas cosas ni pensaría en ellas, tan lejos está el libre albedrío de poder aplicarse a ellas o de poder desearlas”. Lutero ilustra este punto citando destacados filósofos de entre los gentiles y mostrando cómo todos ellos veían las doctrinas pertinentes a la resurrección y la vida eterna como pura ridiculez. “Pues en lo oculto de su corazón ningún hombre, a menos que esté lleno del Espíritu Santo, conoce, cree o desea la salvación eterna, aunque en palabras y escritos la mencionen y la ponderen a menudo”.
Otro de los argumentos de Erasmo a favor del libre albedrío son los mandamientos de Dios. Si no poseemos libre albedrío, ¿qué sentido tienen los mandamientos que encontramos en las Escrituras? Aquí Erasmo cita un texto del libro apócrifo Eclesiástico: “Él fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío. Si tú quieres, guardarás los mandamientos, para permanecer fiel a su beneplácito. Él te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar tu mano” (Eclesiástico 15:14-16).
Erasmo comenta en la Diatriba: “Al decir Eclesiástico ‘si tú quieres guardarás’, indica que hay una voluntad en el hombre para guardar o no guardar; de otro modo, ¿cuál es el sentido de decirle al que no tiene voluntad: ‘si estás dispuesto’? ¿No es ridículo decirle al hombre ciego: ‘si estás dispuesto a ver, encontrarás un tesoro’? ¿O decirle al hombre sordo: ‘si estás dispuesto a escuchar, te cuento una buena historia’? Eso sería burlarse de su miseria”.
Erasmo infiere que si Dios nos manda hacer algo, deberíamos ser capaces de llevarlo a cabo o de lo contrario estaría siendo cruel e injusto. Lutero no cree que el libro de Eclesiástico sea parte del Canon, pero para no desviarse del punto central de la controversia deja el asunto de la canonicidad a un lado y se defiende más bien apelando al uso evangélico de la ley: esta es “una estrategia divina para hacerle a su criatura impotente su misma impotencia”.
Lutero dice al respecto: “si Dios procediere con nosotros como padre con sus hijos, para hacernos ver nuestra impotencia a los que somos ignorantes, o para ponernos al tanto de nuestra enfermedad cual médico concienzudo, o para jugarnos una mala partida a los que como enemigos suyos resistimos arrogantemente a su decisión, y si a tal efecto nos pusiese ante la vista sus leyes (como manera más fácil de alcanzar su propósito) y dijese: ‘Haz, oye, guarda’, o ‘si oyeres, si quisieres, si hicieres’, ¿acaso se podría sacar de ello esta conclusión como conclusión valedera: ‘así que tenemos la capacidad de hacerlo libremente, o Dios se burla de nosotros’? ¿Por qué no llegar antes bien a esta otra conclusión: ‘Así que Dios nos pone a prueba para llevarnos mediante la ley al conocimiento de nuestra impotencia en caso de ser sus amigos, o para jugarnos en verdad y merecidamente una mala partida y burlarse de nosotros en caso de ser arrogantes enemigos’? Tal es, en efecto, el motivo que Dios tuvo al dar su ley, como lo enseña Pablo [Rom. 3:20]. Pues el hombre es por naturaleza ciego, de modo que desconoce sus propias fuerzas o mejor dicho enfermedades. Además, en su arrogancia se imagina saber y poderlo todo. Para curar esta arrogancia e ignorancia, el remedio más eficaz que Dios es confrontar al hombre con su divina ley”.
Erasmo argumenta en la Diatriba que “una tan grande cantidad de exhortaciones que hay en las Escrituras, tantas promesas, amenazas, demandas, reprensiones, súplicas, bendiciones y maldiciones, tantísimos mandamientos forzosamente quedarán invalidados si nadie tiene la capacidad de guardar lo que se mandó”.
A esto Lutero responde que Erasmo confunde una inferencia posible con una necesaria, al mismo tiempo que pierde de vista que su argumento trabaja más en contra suya que contra Lutero. Si todos esos textos prueban lo que Erasmo pretende extraer de ellos, debemos concluir entonces que Pelagio tenía razón: la caída no afectó a la descendencia de Adán; pero esa era una compañía en que la Erasmo no quería estar. Más aun, deberíamos concluir que el hombre es capaz de guardar perfectamente la ley de Dios porque eso es lo que la ley exige del hombre (comp. Gal. 3:10; Santo 2:10).
Otro texto que Erasmo cita en su Diatriba es Juan 1:12: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. “¿Cómo se les da a ellos la potestad de ser hijos de Dios – pregunta Erasmo, si no existe ninguna libertad de nuestra voluntad?”
Lutero responde: “También este pasaje es un golpe de martillo contra el libre albedrío, como lo es casi todo el Evangelio según San Juan, y sin embargo se lo aduce a favor del libre albedrío. Veamos un poco este pasaje. Juan no habla de ninguna obra hecha por el hombre, ni grande ni pequeña, sino precisamente de esa innovación y transformación del hombre viejo que es un hijo del diablo, en el hombre nuevo que es hijo de Dios. Aquí el hombre desempeña un papel estrictamente pasivo, como se dice; él no hace nada, sino que ‘es hecho’ en su totalidad. En efecto, Juan habla del ‘ser hecho’; dice que ‘son hechos hijos de Dios’ por la potestad que Dios nos da, no por la fuerza del libre albedrío que nos es innata”.
Otro de los textos citados por Erasmo en su Diatriba, objetando el uso que hace Lutero de este pasaje a favor de su doctrina, es la declaración del Señor en Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”, la cual, según Erasmo “quiere decir, no lo podéis hacer en forma perfecta”.
A lo que Lutero responde: “Ni yo mismo puedo dejar de admirar la rara habilidad retórica de ese defensor del libre albedrío, que enseña a modificar los testimonios de la Escritura según convenga, mediante interpretaciones apropiadas, de manera que en realidad sirvan de prueba a favor del libre albedrío, es decir, que logren no lo que deben lograr, sino lo que es de nuestro agrado”.
Y más adelante añade: “si no eres capaz de probar que el ‘nada’ en este pasaje no sólo puede tomarse sino que debe tomarse en el sentido de ‘poco’, toda tu diligencia en acumular palabras y ejemplos fue en vano y nada más que un luchar con pajas secas contra las llamas… Si no puedes aportar esta prueba, nos quedamos con el significado natural y gramatical del vocablo y nos reímos de tus tropas y de tus triunfos”.
Lutero pudo probar su postura frente a la de Erasmo no sólo en forma brillante, sino también, y más importante aún, basándose en el claro testimonio de la Escritura sobre la condición en que se encuentra la voluntad humana después de la caída.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Buscándole a EL: Una conciencia limpia # 1

La Cautividad Pelagiana en la Iglesia (R.C. Sproul)

« El Decisionismo: Una Respuesta a los Pelagianos
¿Cuánto te Costará Seguir a Cristo? »
La Cautividad Pelagiana de la Iglesia (Por R.C.
Sproul)
21 enero, 2012 por bautistas reformados peru
Inmediatamente después que se inició la Reforma, en los primeros
años después de que Martín Lutero clavará sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en
Wittenburg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas. Uno de los más
provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia. En este libro Lutero miró en
retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los
ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad. Lutero en el siglo
dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de
la nueva cautividad babilónica de la iglesia. Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el
Evangelio cautivándolo con su rechazó del entendimiento bíblico de la justificación. Puede entender
cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia
no simplemente había errado o extraviado, sino había caído, y que ésta es en realidad ahora
Babilonia; que está en un cautiverio pagano.
A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no
en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría decir? ¡Oh claro!, no
puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que sería esto:
Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir, el libro que podría escribir en nuestro
tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.
Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico. Él
escribió extensamente acerca de éste en La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma
y vemos las solas de la Reforma -Sola Scriptura, Sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria, Sola gratia-
Lutero estaba convencido que el verdadero punto de la Reforma era el tema de la gracia; y que el
subrayar la doctrina de solo fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con
sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.
En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad, los traductores J. I. Packer y O. R.
Johnston, incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro. El
siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:
Estas cosas necesitan ser consideradas por los protestantes de hoy. ¿Con qué derecho podemos
llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría
llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros. La Esclavitud de la voluntad
coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la salvación de la humanidad perdida. A la luz
de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre
los días de Lutero y los nuestros. ¿No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo que de
Luterano? ¿A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre
de la paz entre grupos? ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a
Erasmo? ¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa? [1]
Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y todos los principales
teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo
punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la afirmación de la incapacidad del
hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos
éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno de las obras de Lutero dice
esto:
Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología Evangélica se sostiene o cae
con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano. La doctrina de la justificación
gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia
durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el corazón de la teología de los
Reformadores, pero esto no es preciso. La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado
sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación de los pecadores
es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe fue
importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana. La soberanía de la
gracia encontraba expresión en un nivel más profundo de su pensamiento al descansar en la doctrina
de la regeneración monergista. [2]
Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios
soberano. El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al
principio más amplio de sola gratia. ¿Cuál es el origen de la fe? ¿Es la fe el don de Dios, indicando por
tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación
la cual es dejada para que el hombre la cumpla? ¿Puede percibir la diferencia? Déjame ponerla en
términos simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios llevó a cabo miles
de pasos para alcanzarte y redimirte, sin embargo el punto culminante es que debes llevar a cabo
el paso decisivo para ser salvo”. Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder
evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el
noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.”
¿Qué es pelagianismo?
Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”. ¿De qué estamos
hablando?
Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto. Él fue contemporáneo del más grande
teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín,
obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes
obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del
Cristianismo.
Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de
profunda espiritualidad y oración. En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente
daño, en una declaración inocente en la cual dice: “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme
hacer lo que ordenas”. Ahora, ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración
como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria.
Cuando escuchó esto, protestó vociferando, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de
la pluma de Agustín fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín, que Dios tiene
el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas? Nadie va a disputar eso.
Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho a imponer obligaciones sobre
sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso.” La expresión ‘ordena cualquier cosa que
quieras’ es una oración perfectamente legítima.”
Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer
lo que ordenas.” Él dijo, “¿De qué estás hablando? Si Dios es justo, si Dios recto y Dios es santo, y
Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma,
la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar”.
Ahora esto tiene sentido, ¿no es así? Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral
siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral. Entonces, ¿Por qué
deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer lo que me ordenas que haga?”
Pelagio vio en esta declaración una sombra que estaba siendo puesta sobre la integridad de Dios
mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer.
Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y
Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la trasgresión entró y la humanidad llegó
a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos
para acomodarlos a la débil, condición caída de su creación. Dios castigó a su creación al descargar
sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán
y Eva, nace ya muerto en pecado. El pecado original no es el primer pecado. Este es el resultado del
primer pecado; se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado
nos concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en
una condición pecaminosa y caída. Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de
Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del
pecado original. Así que, es claro para la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de
vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo.
Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto.
Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente
a Adán. No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva.
Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además
él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección
moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios. Pelagio dijo que la gracia-y he aquí la
distinción clave- facilita la justicia. ¿Qué significado tiene “facilita?” Esta ayuda, ésta hace más fácil,
hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio
declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una
vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen.
Agustín dijo, “No, no, no, no… nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las
profundidades y raíz de nuestro ser- a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral
para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios. La voluntad humana, como resultado
del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos
deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal que Agustín podía describirla como
incapacidad para no pecar. En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el
hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó cautivo a sus propias inclinaciones
malvadas.
En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El Pelagianismo fue condenado en el
Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y
también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de
los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia
se ha condenado firme y completamente el Pelagianismo- porque el Pelagianismo niega la caída de
nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado original.
Ahora, que es el llamado semi-Pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado
en medio del pleno Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-Pelagianismo dice esto: sí,
hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana
ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido
significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno
puede tener la posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino
necesaria para la salvación. Pero, aún cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la
gracia, no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia
cuando nos es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay remanentes en el centro
de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta
pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad
lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno. Es esta pequeña isla que debe ser
ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un
paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, el ejercitar ésta pequeña
isla de justicia que está en el centro de nuestro ser o no hacerlo.
Agustín no reconoció esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que
ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus
delitos y pecados.
Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-Pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando
condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y lee el entendimiento
Católico de lo que sucede en la salvación, y la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín
enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que
están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con -y asentir con- la gracia
precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación
con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el
siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.
En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad
moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente,
en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un
cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la
fe, y que la fe es en sí misma un don de Dios. La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación
y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en
su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra
soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo
fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede
entrar en él. Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le
sea dado por mi Padre”, la condición necesaria para la fe y la salvación de cualquiera persona es la
regeneración.
Los Evangélicos y la Fe
El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que
una persona sea nacida de nuevo, debe primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo.
¿No es ésto lo que escuchas? En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por
ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es
básicamente bueno. Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a
aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones -déjeme decirlo de manera negativa- ninguna
de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas son Pelagianas. El decir que somos básicamente
buenos es un punto de vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por
ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su
pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo.
Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en él. Lo escuchamos cada
día. Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio
cristiana.
En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América, escribió un libro
de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él
rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y sostuvo claramente
la posición Pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había
Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina
de la expiación sustitutiva de Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan fuertemente como pudo
la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis
básica de este hombre fue, no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la
capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos. Su nombre: Carlos Finney, uno de los
más respetados evangelistas de América. Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide
es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron es que la
justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la
expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos estaban en lo correcto en su
evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la
que podemos llegar es que Carlos Finney no era Cristiano. Yo leo sus escritos y digo, “no veo cómo
alguna persona cristiana pudiera escribir esto.” Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo
Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte. Y él no es semi-
Pelagiano; él es descarado en su Pelagianismo.
La Isla de Justicia
Una cosa es clara: puedes ser pelagiano puro y ser bienvenido por completo en el movimiento
evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda; no solamente
es que está dentro de la tienda- sino que ha sacado al propietario de la tienda. El Evangelicalismo
moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada, la cual llegado a ser colocada como
ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo. Ahora, usted dice, “Espera un minuto R. C. No
encierres a todos en el argumento del Pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el
resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa
como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto
de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.” Y esto es verdad. No cuestionaré acerca
de ello. Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí
mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela por qué
históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste
realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano
en pecado, que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es
dejada sin tratamiento, sino que es mortal.
Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención.
Él dijo, el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a una
persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se
sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien
intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios
le tire un salvavidas, no puede ser rescatado. Y Dios no solamente le debe tirar un salvavidas en
cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto
donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y acertarle de tal manera que pueda
sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se
ahogará a menos que lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le
rescatará. Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá.
La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su
cama de hospital con un padecimiento que es terminal. No hay manera que pueda curarse a menos
que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará su enfermedad fatal. Y Dios tiene
la cura y camina hacia el cuarto con la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse
la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre está tan enfermo que se
halla casi en un estado comatoso. El no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y
abrirle la boca. Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene
que tomarla.
Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por
tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar. Ése es el lugar donde usted estuvo
cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este
mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire. Y cuando estaba muerto Dios le dio vida
juntamente con Cristo. Dios se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de
su vida en él y lo resucitó de la muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta
enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que la Biblia dice: que estamos
muertos moralmente.
¿Tenemos nosotros una voluntad? Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si quieres decir por
libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que
deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres decir por libre albedrío la capacidad de los seres
humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios
sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío es un término
exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.
La doctrina semi-Pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es
un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado. Esta visión
desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros.
Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente. La doctrina bíblica de la
corrupción humana es dura. No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que
tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto. Pero estemos de buen ánimo,
somos básicamente buenos.” ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?
Ahora, regresemos a Lutero. ¿Cuál es el origen y la posición de la fe? ¿Es la fe el don de Dios
significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de la
justificación, la cual tenemos que cumplir? ¿Es su fe una obra? ¿Es ésta la única obra que Dios le deja
hacer? Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan. Estaba
hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo. Él dijo, “¿Estás tratando de
decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?”
Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres
cristiano?
Él dijo, “Sí.”
Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”
Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”
Le dije, “¿Por qué eres cristiano y tus amigos no lo son? ¿Es por qué eres más justo que ellos? Él no
era estúpido. El no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo. Yo hice la cosa correcta y mis
amigos no”. Él sabía a donde quería llegar con esta pregunta.
Y él dijo, “Oh, no, no, no.”
Le dije, “Dime por qué. ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?
Y él dijo, “No.”
Sin embargo el no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios. El no quería
venir a esto. Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un cristiano
porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron”.
¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una
obra que había hecho. Y él era un protestante, un evangélico. Pero su punto de vista de la salvación
no era diferente del punto de vista Romano.
La Soberanía de Dios en la Salvación
Este es el punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es ésta tu propia contribución
a la salvación? ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos
por nosotros mismos?
Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros
mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con
ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo. No es de maravillarse que más
tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos
regresan a Roma. En efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de la Reforma
porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y
religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores. El Arminianismo era sin lugar a dudas,
a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del
Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar
en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano como el otro. A la luz de lo
que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio.
Y aunque este punto de vista es el que predomina en las encuestas de hoy en la mayoría de los
círculos evangélicos profesantes y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una
versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que
prevalece en la iglesia, y no sé qué pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá: no tendremos una
nueva Reforma. Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún
hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia de Dios
para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza
de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y
coloca al hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma,
porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas
a Dios y sólo a Dios. Soli Deo gloria: solamente a Dios la gloria.
[1] J. I. Packer and O. R. Johnston, “Introduction” to the The Bondage of the Will (Old Tappan, NJ,
Fleming Revell, 1957, 59-60
[2] Ibid

lunes, 6 de febrero de 2012

La cruz de hoy

Cristianismo en Crisis


Con el título “La vieja cruz y la nueva”, A.W. Tozer notó proféticamente hace ya algún tiempo:

“Sin anuncio previo, y casi sin ser detectada, una nueva cruz ha llegado en los tiempos modernos a los círculos evangélicos populares. Es como la vieja cruz, pero diferente: las semejanzas son superficiales; las diferencias, fundamentales. De esta nueva cruz ha brotado una nueva filosofía de la vida cristiana... Este nuevo evangelismo emplea el mismo lenguaje que el antiguo, pero su contenido no es el mismo ni el énfasis es el de antes... La nueva cruz... no predica contrastes, sino similitudes. Busca introducirse en el interés del público mostrando que el cristianismo no tiene exigencias desagradables; más bien, que ofrece lo mismo que el mundo, sólo que a un nivel superior. Se demuestra astutamente que, fuere lo que el mundo enloquecido por el pecado esté exigiendo en este momento, es exactamente lo mismo que el Evangelio ofrece, sólo que el producto religioso es mejor...” [1]

Estas palabras son hoy aún más ciertas que cuando fueron escritas. Muchos líderes cristianos han “descubierto”, y están muy ocupados en propagar, un nuevo evangelio. En el lugar antes reservado a la sana doctrina, se han instalado las experiencias subjetivas, cuanto más espectaculares mejor; en donde antes hallábamos la humillación y la negación de uno mismo, habita ahora el culto a la autoestima; la morada del arrepentimiento y la confesión de los pecados está ahora ocupada por el aconsejamiento psicológico; el sitio central de la gracia providencial y soberana de Dios ha sido usurpado por el de los presuntos derechos del creyente; la casa de la sanidad del alma ha sido invadida por la de las curaciones del cuerpo y, claro, en la mansión de la riqueza espiritual se ha instalado la prosperidad material.

El engaño es sutil, por una parte porque todo lo que tiende a ser reemplazado no se ha suprimido por completo; simplemente ha sido desplazado de su posición central en la vida cristiana; y en segundo lugar, porque los sustitutos no son generalmente cosas malas en sí mismas. Es el énfasis exagerado en ellos lo que desvirtúa y pervierte el Evangelio.

Jesus, por eso como se dice en el libro Cristianismo en Crisis:

La pregunta surge de inmediato: ¿Cómo puedo yo determinar si se está interpretando correctamente la Palabra de Dios? Afortunadamente, con un poco de ayuda del acrónimo L-I-GH-T-S (luz), usted estará habilitado para discernir el trigo de la paja.

El mejor antídoto para combatir el veneno de la enseñanza herética es un buen entrenamiento hermenéutico. La Hermenéutica es la ciencia y el arte de la interpretación bíblica.

La Hermenéutica es una ciencia porque está regulada por reglas y es un arte porque implica una perspicacia intuitiva y una mente analítica.

Las reglas pueden ser fácilmente recordadas con la ayuda de la familiar palabra L-I-G-HT-S.

La Hermenéutica "ilumina su camino", a medida en que usted anda por la Palabra de Dios.

Esta palabra L-I-G-H-T-S servirá para que recordemos estos elementos inherentes a la interpretación bíblica:

L = Interpretación LITERAL (Literal)
I = ILUMINACIÓN por el Espíritu Santo (Iluminación)
G = Principio GRAMATICAL (Gramática)
H = Contexto HISTORICO (Historia)
T = TAREA de Enseñanza (Enseñanza)
S = SIMILITUD Escritural (Armoma)

Jesus, continúa leyendo y guardando en tu biblioteca digital los siguientes artículos, créeme que de aquí a un tiempo los necesitaras grandemente… por sobre todas las cosas no olvides meditar y estudiar cada día tu Biblia y pasa tiempo de calidad en oración con Dios:

Charles Spurgeon - El Tutor Privado